Existe un profundo análisis fenomenológico que se impone al concluir cualquiera de las historias de Samanta Schweblin. En su narrativa subyace una alteridad intrínseca: un extrañamiento de lo que, deliberadamente, no debería ser. Es una incomodidad necesaria.

Aparecen imágenes perturbadoras, como estar dentro de un lago con las piernas atadas a una gran roca bajo la mirada del "otro". El símbolo del conejo, o los animales —que funcionan para dar un "rostro"—, se asemeja al concepto de infinito que sostiene Lévinas, obligándonos a apreciar la lectura con un detenimiento casi clínico.

Para Lévinas, la "epifanía del rostro" se concreta al ver que, justamente, el rostro del otro —con su mentón, sus ojos y pómulos al descubierto, a la intemperie— posee un infinito que nos prohíbe matarlo o ignorarlo. Al vernos semejantes y a la vez desconocidos, surge un "yo no sé qué" esencialmente humano. A ese elemento Lévinas le concede el infinito.

Samanta juega con elementos circulares. Son objetos que aparecen durante toda la historia como complemento pero que terminan siendo la directriz de lo que impacta. Es el objeto que transmuta para direccionar la historia hacia un símbolo superior. La transición se ejemplifica magistralmente en la idea del niño que desea ser caballo y que, tras el mortal accidente (o decisión), se manifiesta circularmente como un animal desproporcionado en la acera, con grandes ojos negros que nos observan fijamente. Niño-caballo, o simple coincidencia, casualidad o destino: son justamente los argumentos de donde se cuelga la autora.

En lo ominoso, a diferencia del realismo mágico, los elementos extraños de horror o mal terminan por irrumpir y fracturar la narrativa de los personajes. Son estos elementos oscuros y precarios los que enganchan y descolocan, introducidos siempre a través de una literatura sublime, exquisita y elegante. Schweblin no crea monstruos sin cabeza ni borbotones de sangre; su maestría radica en tensar lo habitual.

Samanta Schweblin
Samanta Schweblin
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“Qué increíble verla circular tan campante, después de lo que hizo esta mañana”

Esta frase resuena tras el intento de suicidio en el lago, tras el retorno cotidiano al colegio por las hijas gemelas y la búsqueda del conejo; es el peso de haber vivido. Los cuentos poseen una velocidad y un ritmo que impactan de formas distintas según el contexto del lector. Mantener el ritmo de lo extraño en un mundo saturado de lo mismo es una proeza compleja.

Este análisis del fenómeno ocurre porque, ante la alteridad, el "Yo" se ve enfrentado directamente con las historias de Samanta: con los animales, con las ideas iracundas de nuestra mente y con la insatisfacción de nuestra propia cotidianidad. El reflejo es puramente personal; depende de quién lee y desde qué posición lo hace.

Que alguien como Schweblin te escriba a ti, sin que se lo pidas, y logre incomodarte o "alebrestarte", es lo más gratificante de su obra. Se genera así un diálogo que rompe las páginas porque introduce al lector en una respuesta emocional activa y lo mantiene en tensión constante de principio a fin.

El buen mal
El buen mal
"Así entiendo qué hace exactamente la culpa, entra como el aire por el ventanal y se me mete en los pulmones"

Creo genuinamente que así se coloca Samanta con lo ominoso de sus historias: entra, despacito como viento de otoño por el ventanal, y cuando te das cuenta, ya está bien adentro de tus pulmones.

Libro

El buen mal

Notas

—.Lévinas, E.: La referencia al infinito y el rostro proviene de Totalidad e Infinito.
—.El buen mal: Título bajo el cual agrupo esta serie de reflexiones sobre la narrativa de Samanta Schweblin (incluyendo textos de Distancia de rescate).
—.Citas: Las frases entrecomilladas pertenecen a la obra original de la autora.